*A continuación develaré detalles importantes de la trama en la obra Perras.Acudir al teatro no es, por lo menos en México, un acto sencillo de efectuar. Para poder presenciar una obra teatral se tiene que planear con dedicación, procurar una apariencia formal, mostrar educación y contar con el temperamento necesario para desprenderse indistintamente de una significativa cantidad monetaria.
La gente en nuestro país no contempla al teatro como una actividad de esparcimiento, suele relacionarla inmediatamente con la escuela y aquellas imágenes de gente con monóculo en un balcón a cinco metros de altura.
La semana pasada acudí a la puesta en escena Perras, una historia sobre muchachas de secundaria atestadas de trastornos relacionados con sexo, drogas, anorexia y disfunción familiar. El costó del boleto en taquilla fue de 150 pesos, donde se me informó que no se practica ningún tipo de descuento, ni siquiera de estudiante. El sableo económico me afectó nuevamente cuando el espíritu del buen samaritano me poseyó previo a la función y, por no molestar a los vecinos de calles aledañas, decidí usar el estacionamiento del foro, ahí, muy sonriente, el encargado retiró 20 pesos más de mi humillado bolsillo.
Durante la obra se intercalan erráticamente momentos de dos días en la escuela, estos, ordenados en la correcta secuencia, revelan la trama: una de la jóvenes sostuvo relaciones con el papá de su amiga y resultó embarazada, bajo el consejo de otra compañera, decide abortar metiéndose un “ganchito” entre las piernas, de manera previsible la casi niña se desangra en el patio de la escuela y muere.
El recurso de la cronología alterada resulta en una estructura dinámica que mantiene a los espectadores pendientes de la trama y aunque la mención constante de los minutos me pareció un exceso, no fue un detalle que absorbiera atención.
Los personajes están claramente definidos: discapacitadas, pobres, ricas, desatendidas, fresas, ñeras, abandonadas, etc. Casi todas presentan dos o más de esas características y esto crea una variedad de combinaciones que permite mantener al público a la expectativa, interesado en la historia de cada una, sin importar que desde el mismo inicio de la obra sea sencillo intuirlas. El esfuerzo está hecho, pero no se puede comentar, sin caer en un error, que las protagonistas en Perras están exentas del aberrante cliché.
Con excepción de la actriz que interpretó a Maria Del Mar (la muerta), me parece una obra representada con éxito aunque el tema principal se pierde entre tantas anécdotas personales que, en más de una ocasión, restan intensidad al impacto de la trama central, pues son tan crudas como la muerte de una joven a la que le practican un aborto clandestino, insalubre y descuidado.
Recursos como el de una escena backwards y una inserción musical sobrada como la de “las chicas superponedoras” (canción que habla exclusivamente de cómo a las chicas de secundaria les encanta “mamar y ponerle”) me parecen un vago esfuerzo de la producción por mantener a la gente interesada en un ambiente que le es desconocido; un puente entre el teatro (presuntamente ajeno al grueso de la población) y el espectáculo multimedia que, a últimas fechas ,parece imprescindible para que las nuevas generaciones sostengan su atención fija en algo por más de unos minutos.
Así como cada uno de los personajes, Perras me pareció viciada; creada, dirigida y actuada bajo la creencia de que el actual cine mexicano genera consciencia de una realidad devastadora entre los asistentes. La obra asemeja más a un film llevado al teatro que una auténtica puesta en escena crítica.
La crisis, es del teatro mexicano en general, asistir al teatro es costoso y los productores, directores y actores no tienen la culpa, pues tienen derecho como cualquier otro profesionista a obtener un sueldo digno. Aún así, omitiendo las facilidades que se podrían dar para consumir teatro, serán menos los que asistan a los foros y más los que se priven de una experiencia cultural más completa.
Con respecto al guión y la representación, por lo menos desde mi percepción, parece que una película mexicana se considera buena cuando abunda en tragedias durante cada segundo de la función, mientras que la comedia necesariamente lo aportan las groserías estridentes y la insistencia en los tabúes sexuales.
Como otro incontable número de presentaciones cinematográficas y teatrales, Perras es víctima de otra realidad mexicana igualmente cruda, pero que curiosamente escapa a los escenarios del país: El arte es arte mientras no se produzca bajo pedido y con intención de lucro, pero sin pedido y sin lucro el arte nacional no tiene posibilidad de subsistencia.
